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flickr: foto de @karlsimon

Vida y milagros de la economía peruana

Publicado: 2014-01-27

La última Navidad algo perturbó el festejo de la familia Valverde Torres. La señora Sharon Torres Mitchell y su esposo Juan Valverde pasaron varios días de angustia y preocupación por conseguir una vacante en un colegio privado de Lima para su pequeña hija Doménica de tres años. Ambos, profesionales que apenas bordean los 40 años,  pertenecen a la esforzada clase media peruana que cada vez le da más importancia a la educación de sus hijos, que ha mejorado considerablemente sus ingresos en los últimos años y que está dispuesta a invertir buena parte de este dinero en un colegio bilingüe y de prestigio. El problema es que la oferta educativa privada de buen nivel está desbordada por la demanda. Los niños tienen que postular antes de cumplir los tres años y la competencia es, en promedio, de diez para una vacante. Los Valverde Torres, como nueve millones de peruanos, conforman la nueva clase media o emergente, un grupo favorecido por el crecimiento de la economía pero que empieza a sufrir las consecuencias de un modelo que tiene que perfeccionarse y reinventarse para ser sostenible en el tiempo.

Las agencias calificadoras y los analistas financieros coinciden en señalar que las cifras de la economía peruana han sido buenas en la última década: la pobreza se ha reducido del 53% en el 2000 al 26% en la actualidad. La inflación anual en el 2013 fue de 3%, menor si la comparamos con el 25% de Argentina o el 50% Venezuela, y la inversión privada está en el orden del 28% del PBI. A esto se suma el ascenso constante del país en el ranking de las calificadoras de riesgo, que ya han colocado a Perú por encima de México y Brasil y solo por debajo de Chile en Latinoamérica. Es el país de mayor crecimiento en Sudamérica y su motor es una sólida demanda interna, gracias al consumo de la nueva clase media y, en buena medida, por los excepcionales precios de los commodities debido a la gran demanda de China e India.

Pero no es solo eso. Perú vive una relativa estabilidad política desde el 2000 –el año en el que Fujimori se vio obligado a renunciar por fax a la presidencia por el gran escándalo de corrupción–, y cuatro sucesivos gobiernos democráticos, de diferente origen ideológico, han mantenido políticas macroeconómicas sanas. A Alejandro Toledo se le reconoce haber cuidado las arcas fiscales y haber cerrado las negociaciones para firmar el Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos, logrando que un mercado de 300 millones de personas se abra a empresas y emprendedores locales. A Alan García se le recordará por haber renunciado a la demagogia y el populismo de su primer gobierno (1985-1990) para, en su segunda oportunidad, haber promovido las inversiones privadas, especialmente extranjeras, que convirtieron a Perú en el destino de miles de millones de dólares que han generado trabajo y desarrollo en Lima y algunas ciudades del interior que ancestralmente vivieron sumidas en el atraso y el aislamiento. Para muchos, la principal virtud del actual presidente, Ollanta Humala es, contra su propuesta inicial, haber continuado con el modelo económico de libre mercado y sanas políticas macroeconómicas,  introduciendo dos factores adicionales al modelo: inclusión social, la frase que ahora está de moda, y la asociación pública privada (APP) para ejecutar grandes inversiones en infraestructura, a través de un sistema de concesiones. Hoy se espera que este proceso se fortalezca y vigilarlo muy de cerca para denunciar cualquier contaminación de corrupción.

Quizá por la polarización y la inseguridad jurídica de la Venezuela de Chávez, o la convulsión social desatada en Ecuador o Bolivia, entre otros problemas de la región, el Perú ha atraído la mirada de las corporaciones mundiales que buscan expandir sus negocios en esta parte del mundo. En los últimos tres lustros, el Perú es otro país. Los proyectos inmobiliarios de todo tipo han hecho crecer verticalmente a las ciudades y han mejorado la calidad de vida de miles de familias. El boom de la construcción ha generado un circuito virtuoso de más puestos de trabajo y ha dinamizado la industria local.

La industria del cemento, por ejemplo, es una de las que más ha crecido en la última década. Los modernos centros comerciales ya no son exclusividad de los barrios ricos de Lima, están en ciudades que, hasta hace poco, no tenían una sola sala de cine, y hoy tienen a su alcance las marcas más famosas de ropa, calzado y accesorios. La emisión de tarjetas de crédito creció 29% en los últimos tres años. Y de la misma forma los créditos para capital de trabajo en la microempresa.

La población de la mayoría de ciudades (el 80% del país), ya cubrió sus necesidades básicas. Ya tiene alimentación, vestido básico, vivienda decorosa, con lo cual su preocupación no es tanto cómo consigue comida, como era hasta hace poco. Los hoteles de lujo en Lima, Cusco y otras ciudades turísticas ya no se cuentan más con los dedos de una mano. Todo esto sumado a los sabores exquisitos de la gastronomía peruana que también ha generado mucha inversión privada, local y foránea, y se ha puesto en valor al grado de ser quizá el principal orgullo del país. Por segundo año consecutivo, el Perú fue elegido “Mejor Destino Gastronómico del Mundo” por el World Travel Awards (WTA). Y meses atrás la ciudad de Lima logró ser elegida la sede los Juegos Panamericanos 2019, una responsabilidad sin precedentes para una ciudad que un poeta limeño en el exilio la llamó “Lima la horrible”.

En años recientes, en promedio, el empleo adecuado ha subido del 40% al 66% de la PEA. La mejora de las condiciones laborales y los sueldos ha construido una consistente clase media que ahora no se contenta con obtener un producto, sino “algo más” que mejore su calidad de vida y sus experiencias. Ya no quieren ir a comer solamente, quieren comer un plato exquisito en el restaurante de moda. Y dentro de este grupo hay alguien de quien se habla poco pero que ha cambiado muchísimo y más rápido: la mujer peruana. Es la porción más sobresaliente de los consumidores. No solo trabaja (hace 25 años representaba el 30% de la PEA, ahora es el 50%), sino que recibe más ingresos y opta por tener menos hijos. Prefiere la ropa de marca, viaja más veces al exterior, tiene carro propio y, en su mayoría, no resiste que siempre el hombre pague la cuenta cuando salen a cenar. Y, a pesar de todo, no tiene una oferta diferenciada.

Pero todo no es tan bonito como las grandes cifras lo pintan. Perú sigue siendo un país donde la sensación de inseguridad es la más alta de la región. Donde la solidez institucional –una de las tres claves para el desarrollo económico– es precaria o inexistente. Donde esa señal mínima del respeto a la ley, que es detener tu carro cuando el semáforo cambia a la luz roja, no siempre se cumple. Donde la corrupción sigue siendo un lastre. (Quizá la medida peruana más clara sobre la corrupción es la situación de sus ex presidentes: Alan García denunciado por una comisión investigadora del Congreso por indultos indiscriminados a narcotraficantes y obras públicas cuestionadas. Toledo sometido a investigación de la Fiscalía por la compra de una mansión y una lujosa oficina a nombre de su suegra, inmuebles que costaron varios millones de dólares con dinero cuyo origen no ha quedado claro. Fujimori sentenciado a 20 años de prisión por delitos de lesa humanidad y corrupción) Y donde, todavía hay varios millones de peruanos, especialmente en los Andes y las llanuras selváticas, que están debajo de la línea de la extrema pobreza.  Hay cosas que no han cambiado. Se confirma cuando el país queda muy rezagado, en el puesto 75 de 122, en el Índice de Capital Humano del Foro Económico Mundial, que mide la capacidad de los países para contar con trabajadores sanos, educados y con un adecuado entorno laboral. O se estanca en el ranking de competitividad. O, peor todavía, cuando sus alumnos de la escuela básica ocupan el último lugar, en la región, en comprensión de lectura, matemáticas y ciencias, según la última medición de la prueba internacional PISA. Quizá por eso la familia Valverde Torres insiste tanto en conseguir una vacante para su hija Doménica de tres años en un colegio de prestigio. Aunque si lo logra, para llevarla y traerla de la escuela, la mamá tendrá que pasar varias horas en el caótico tráfico de Lima, el momento del día en el que uno suele maldecir tanto crecimiento.


Escrito por

Carlos Paredes

Estudió Derecho y Ciencias de la Comunicación en Lima y una Maestría en Comunicación Política en México. Es periodista desde el año 1990.


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